Mostrando entradas con la etiqueta Derechos de autor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Derechos de autor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de abril de 2011

Premática I sobre los nombres de las cosas (de derechos y privilegios)

Francisco de Quevedo
Al madrileño universal, supremo alquimista en la ciencia del llamar a las cosas por su nombre.


Quevedo nuestro que estás donde estés,
glorificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu genio.
Hágase tu hilaridad en la lengua como en el texto.
Danos hoy nuestro pan en cada risa.
Parodia nuestras vergüenzas,
como también nosotros parodiamos a los que nos 
(avergüenzan.
No nos dejes caer en la resignación
y líbranos de la Esgae.


PREMÁTICA PRIMERA SOBRE LOS NOMBRES DE LAS COSAS

Nos, hermano carísimo y maestre portavoz de la Orden del Claro Hablar, unánime y conforme con lo ansí acordado por la suprema Asamblea de cofrades desta Hermandad, por cuanto habemos sabido de la existencia de ciertos tunantes que, al amparo del pomposo título de creadores y merced a sus buenas aldabas, han dado en torcer las leyes del comercio para su mayor beneficio y en urdir para enmascarar sus tropelías un ladino galimatías legal y lingüístico que diluye los conceptos y corrompe los significados; para mejor entender de las  molleras del vulgo víctima de tal rapiña, plácenos disponer y disponemos estas premáticas y mandamos las guardar, so las penas establecidas, a todos cuantos este pregón oyeren y entendieren y a cualesquiera vecinos destos pagos:
– Primeramente ordenamos que no vuelva a emplearse la palabra derecho para referirse al fuero de los ansí llamados creadores intelectuales, pues tratar de derecho a una franquicia de por vida que se prorroga por casi otro siglo mientras el autor cría malvas es tanto como tomar por playa al Sáhara o por piscina al Pacífico; para enderezar al romance deste desatino que emputece el noble linaje semántico de vocablo tan venerable, úsense en su lugar otros más apropiados al negocio del que se habla, como privilegio de valido, pensión de Faraón, o, más castiza y llanamente, jubilación anticipada.
– Mandamos, por demás, que a esos mismos ociosos revientahamacas mal llamados autores que medraron al calor de los braseros del poder y gastan sus días al solaz mientras esgrimen ufanos el tal referido privilegio, que hace engordar sus faltriqueras a fuerza de cobrar millares de veces por el mismo trabajo, que a esos desocupados que no se vacunaron contra la codicia se los conozca por lo que son: parásitos haraganes, garrapatas del sudor ajeno, carroñeros insaciables que viven con opulencia de sangrar al populacho al que deben su gloria y fama, mientras otros jornaleros de los escenarios, que son rotunda mayoría, han de conformarse con las míseras migajas de tan suculento pastel.
– Y a esos adláteres que defienden a los susodichos y los acompañan en las procesiones reivindicativas en pro de nuevas leyes que criminalicen la libre difusión de la Cultura, a ese elenco florido de mojapanes en plato ajeno que gustan de mendigar sin sonrojo con atavíos de mariscal, a esa cohorte de aventajados francachelistas, ministros de pitanzas sin más oficio conocido que el de trinchar viandas, catar tinajas y cerrar tabernas, a esos concertistas en clave de luna con partitura de blanco pentagrama, maestros en palmear hombros y doctores en dorar píldoras; a tales gañanes ordenamos que se los llame por sus verdaderos nombres: rebañafuentes de los de a mesa puesta, escurrefloreros del alba, gorrones apurachustas o ingenieros de rumbas.
La pobre emulita, víctima de las iras de los codiciosos.
– Y cuando los apelativos anteriores no bastaren, que a aquellos mismos tiralevitas de medio pelo que pretendieren vili-pendio y aun pena o sanción contra quien de buena fe y sin mediar lucro diere en compartir su disco duro con el prójimo, devuélvaseles el título de corsarios que ellos osan otorgar al generoso, pues más piratería hay en querer cobrar mil veces lo que ya está pago que en divulgar tonadas y comedias con anónima solidaridad.
– Y por cuanto atañe a la supuesta compensación equitativa que vienen dando en llamar canon, que grava una y un millón de veces la escucha de una misma tonada o la copia de una obra, con independencia de que el oyente o el copista hayan comprado ya con sus dineros la obra original, y que castiga igualmente al que invierte en soportes para almacenar trabajos propios: mandamos que a semejante atropello no se le llame canon, compensación, contribución, derecho, diezmo, gabela, gravamen, impuesto, regalía, royalty, servidumbre, tasa ni tributo. Llámese sangría inaceptable o peaje. Y aún peor: pillaje; pues de pillos y estafadores sin escrúpulos es volver a pasar factura por alquilar un producto después de vendido.
– Y a esas mesnadas de ganapanes con falsa guisa de pretendidos funcionarios, monaguillos recolectores, esbirros del apóstol Mantecas que asaltan los negocios y las reuniones reclamando el citado diezmo para la santa madre Esgae, sin importar si es fonda, barbería, mercado o mancebía y sin reparar en si acaecen boda o funeral, junta de vecinos o gala benéfica, disponemos que les sea retirada su credencial de recaudadores o inspectores para que la plebe los reconozca por otros nombres más conformes a su oficio y condición: embajadores del morro, orfebres de güitos, peritos de la sirla, mercaderes de humo sin catálogo ni precios, sanguijuelas aleccionadas en distraer caudales ajenos, trileros de barraca con oficio de embaucar retribuido. Por tales títulos sean tenidos, y húyase dellos como de la peste, atrancando puertas y postigos si fuere menester.
– Y a los corruptos o serviles legisladores que alumbraron la ley que ampara tamaña desvergüenza, por mor de la tajada que anhelaban obtener o de la pleitesía que aceptaron rendir, asígneseles bien el grado de golfos, bien el de mansos lazarillos domesticados, pues por avara codicia o por indigna cobardía aceptaron plegarse a los designios del cacique correspondiente, cuando ya las anteriores leyes del comercio alcanzaban con holgura para regular la venta o el alquiler, pero nunca ambos aplicados a un tiempo sobre el mismo bien.
– Y como postrer mandamiento, a esas mismas señorías que consagraron el agravio comparativo de otorgar muchos más privilegios al oficio de juntar letras o componer tonadas que al de inventar ingenios o formular remedios contra las enfermedades, cuélgueseles el cartel de necios sin remedio, pues necedad de jumento es instaurar una regalía que se extiende por 20 años para el ingeniero que diseñe un motor de agua, o por 25 años para el científico que descubra una cura contra el cáncer, frente a los 150 años o más que puede llegar a durar la exclusividad para quienes donaron a la Humanidad aportaciones tan singulares como el Aserejé o el Chiqui-chiqui.
Por tanto, mandamos a todos los súbditos desta República, ansí a particulares como a sociedades, gremios, asociaciones, fundaciones y a cualesquiera otros colectivos, que guarden y hagan guardar estas normas que damos en sancionar para mayor claridad de la lengua y mejor entendimiento de cuantos usan della.

Red Kite. Abril 2011.

.  .  .  .  .  .  .  .  .  .

viernes, 4 de febrero de 2011

Criatura de la noche (fábula antiparasitaria)



«Nací hace cientos de años. Tantos que he perdido la cuenta. Y esta es mi historia:

De mi infancia, lo único que recuerdo es que empecé a trabajar muy joven. Como todo quisqui, tuve que buscarme un empleo. Entré de aprendiz en una fragua y al poco tiempo ya me ganaba la vida como fabricante de espadas. Era un oficio noble y próspero, pues en aquella época las guerras eran algo bastante frecuente y sobraba la clientela.
Siglos más tarde, con la llegada de la pólvora, mi negocio se fue al traste, lo que me obligó a reciclarme. Convertí mi herrería en un taller artesano donde fabricaba toda clase de armas de fuego. La fortuna no tardó en sonreírme de nuevo, pues los humanos seguían empeñados en matarse entre sí y hacían cola para recoger sus pedidos. Llegué incluso a ser armero de una casa real, lo que me reportó pingües beneficios.
Sin embargo, a pesar de mi naturaleza hematófaga, tanta sangre acabó por hastiarme. Dispuesto a dar un giro radical a mi vida, me hice trovador. Siempre se me han dado bien las lenguas, así que, acompañado de mi cítara me dediqué a vender mis trovas por los cuatro confines. No era una empresa tan lucrativa como la de las armas, pero me permitió conocer mundo y mezclarme con la gente.
Pero mi carrera de poeta de los caminos no duró mucho. A los pocos siglos, un cretino inventó la imprenta, y aquel trabajo dejó de ser rentable. Otra vez a cambiar de gremio. Aprovechando mi habilidad con los instrumentos de cuerda, me dediqué a la música. Aquellos fueron buenos tiempos. No sólo me ganaba la vida holgadamente, sino que además conseguí el reconocimiento del público que abarrotaba los lugares donde tocaba.
Aquello duró varios siglos, hasta que llegó un nuevo invento: el gramófono. La gente ya no necesitaba acudir a mis conciertos para escuchar música, y el negocio empezó a flojear. Sin embargo, lo que al principio pareció una serie amenaza se convirtió muy pronto en una mina de oro. Con la venta de discos, mis ingresos se multiplicaron. Tanto, que podía permitirme el lujo de no dar más que unos pocos recitales al año. Luego vinieron las casetes y el CD. Al vídeo y al DVD no pude sacarles partido, ya que mi imagen de inmortal no podía ser captada ni reproducida con aquella tecnología, pero aun así las ventas no dejaban de crecer. Fue una época inolvidable.
 El Palacio Longoria, donde ahora resido. Tiene dema-
 siada luz para mi gusto, pero no está mal, ¿a que no?
Hasta que llegó la era digital con el formato MP3, Internet y las malditas redes de archivos compartidos P2P. El público dejó de comprar discos, pues podía bajarlos gratis sin moverse de casa. Los precios y las ventas cayeron en picado. Una vez más, el progreso me obligaba a cambiar de profesión, pues los años me habían aburguesado y no me seducía la idea de volver a los escenarios.
Entonces, un amigo vampiro me habló de la SGAE. Y ahora, por fin, estoy entre los míos».

Red Kite. Febrero 2011.

.  .  .  .  .  .  .  .  .  .


Texto disponible bajo licencia Creative Commons Atribución Compartir Igual 3.0