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martes, 28 de junio de 2011

Mercados con cartas marcadas (denuncia de un engaño masivo)

Los mercados se han convertido en los dueños del mundo.
Ninguno de los ocho significados que el Diccionario de la Real Academia propone para la palabra mercado sirve para definir a esos poderes anónimos en que se escudan nuestros políticos para gobernar y legislar contra la vo-luntad de la inmensa mayoría. La que más se aproxima es la cuarta acepción: «Conjunto de actividades realizadas libremente por los agentes económicos sin intervención del poder público». Esta definición se acerca a la que buscamos, pero tampoco sirve, puesto que se refiere a las actividades y no a los agentes. Como la cuestión no es baladí, dado que son los mercados los que parecen regir las decisiones de nuestros mandatarios y, por ende, nuestros destinos, hacemos desde aquí esta sugerencia urgente a nuestros lexicógrafos:
mercado.
9. m. Conjunto de entidades anónimas formado por la oligarquía financiera internacional que, sin personalidad jurídica alguna y sin concurrir a ningunas elecciones democráticas, usurpa la soberanía de los pueblos y decide cómo y para quién deben los Estados gobernar y legislar. U. m. en pl. Las medidas son necesarias para calmar a los mercados.
Por desgracia, no se trata de ninguna broma. La que se propone es una descripción real –indignantemente real– de la realidad politicoeconómica que estamos viviendo. La soberanía popular, consagrada en las Constituciones de toda Europa, ha sido secuestrada de facto por el poder financiero que se esconde tras el eufemístico nombre de los mercados. Los Gobiernos no están supeditados a la voluntad de la ciudadanía que los eligió, sino a los criminales designios de esos mercados. Y así nos va.
Es muy posible que, a muchos, nuestra definición les parezca simplista y sesgada. Es comprensible, dado que la opinión pública se moldea a partir de la opinión publicada. Y como la aplastante mayoría de los medios de desinformación que publican opiniones se encuentra en manos de esos mismos mercados, pedirles objetividad es como buscar agua en el desierto. La televisión, la radio, la prensa escrita y digital, las universidades y demás instituciones académicas y cualesquiera otras entidades capaces de crear opinión están mayoritariamente corrompidas por la omnímoda garra de los poderosos. La realidad que nos muestran periódicos, telediarios y tertulias está distorsionada hasta tal punto que cualquier otra descripción de lo que está pasando resulta increíble e inadmisible. Como la Alicia de Carroll, la ciudadanía ha traspasado el espejo y ya es incapaz de discernir qué lado es el real. Ni siquiera recurriendo a la lógica más elemental. Consideremos solo tres ejemplos:
La caja tonta se ha convertido en un arma más poderosa
que cualquier religión.
Una de las sandeces más repetidas es el absurdo silogismo de que, si se abarata y facilita el despido, se creará más empleo. Dicho así, es una píldora difícil de tragar, por lo que la primera premisa ha de traducirse primero al lenguaje neo-liberal: en lugar de abaratar el despido, se habla de flexibilizar el mercado laboral. Aun así, el argumento no supera el análisis más elemental. Es obvio que la cifra de parados está en relación directa con el número de despidos. ¿En qué universo paralelo se puede acabar con el paro creando más parados? ¿Sería prudente o sensato bajar el precio del agua en tiempos de sequía? Si se pretendiera reducir el consumo de derivados del petróleo, ¿sería razonable bajar el precio de los carburantes y animar a los conductores a pisar el acelerador?
Una segunda necedad que suele presentarse en envoltorio dorado es la de que la privatización de compañías o servicios estatales contribuye a aumentar la solvencia de los Estados, lo que redunda en una mayor confianza de los mercados en la deuda pública de esos Estados. Por mucho que esta patraña se disfrace en jerga neoliberal de medidas para aumentar la competitividad o liberalización de sectores estratégicos, estamos ante un expolio puro y duro. No hace falta ser un experto en macroeconomía para saber que cuantos más activos tiene una entidad –en este caso, un Estado– más solvente se la considera y más fácil le será acceder a un crédito. Es evidente que si el presupuesto español contara en su capítulo de ingresos con los pingües beneficios que actualmente generan empresas ya privatizadas como Telefónica, Repsol, Campsa, Endesa, o Argentaria (por citar solo algunas, que suman por sí solas decenas de miles de millones de euros), nuestra economía estaría mucho más saneada, y podríamos habernos ahorrado muchas emisiones de deuda pública y muchos recortes. Sin embargo, según los perversos postulados del nuevo capitalismo, esa lógica debe invertirse: para ganarse la confianza de los mercados, lo que hay que hacer es liquidar el patrimonio público. Si eso no es un chantaje, se le parece bastante.
Como tercer ejemplo de la inconsistencia de las mentiras con que los medios oficialistas pretenden distraernos, fijémonos en las políticas de recaudación estatales. Cualquiera que se haya visto obligado alguna vez a hacer números sabe que un presupuesto deficitario puede equilibrarse de dos maneras: recortando gastos o aumentando ingresos. A nadie se le ocurriría reducir los gastos y, además, reducir los ingresos. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que se está haciendo. Bajo la capciosa etiqueta de medidas de estímulo fiscal para reactivar la economía, se están reduciendo los impuestos a las grandes fortunas. Reducciones de cuotas sobre los beneficios empresariales, incentivos en forma de exenciones fiscales, eliminación de figuras tributarias (Impuesto sobre el Patrimonio), simplificación de tramos en el Impuesto sobre la Renta, consolidación de figuras jurídicas con un trato fiscal especial e indecente (SICAV’s, ETVE’s)… Por no hablar de la vergonzosa pasividad de las autoridades ante la evasión de impuestos a través de paraísos fiscales. Todo pensado para que los que más tienen paguen menos. ¿Y los que menos tenemos…? Pues a pagar más, claro. Esa es la idea de estímulo fiscal que nos vende el neocapitalismo y sus medios cómplices.
No vemos la realidad. Vemos solo lo que los medios quieren 
mostrarnos.
Pero aún hay más. Aparte de aplicar la lógica, la sensatez o el sentido común hay otro medio todavía más infalible para comprobar que las políticas económicas neoliberales son un fiasco: hay multitud de precedentes, casos reales, que lo confirman. Lo que en Europa se está haciendo con los países de la periferia, los llamados PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia… Por si alguien no sabe a quién corresponde la ‘S’, ahí va una pista: el nombre está en inglés) ya se ha hecho antes con los países del Sur. Y no funcionó. Eso lo sabe toda Hispanoamérica, que padeció medidas similares en la década de los ochenta. El rotundo fracaso de aquellas políticas hizo que en América del Sur se conozca a los años ochenta como «la década perdida». Nuestro futuro es la crónica de una suerte anunciada. La propia ONU aseguró la semana pasada que las medidas que se están aplicando en Europa retrasan la recuperación económica. ¿Alguien ha visto a algún telediario hacerse eco de ello?
Estamos atravesando una crisis –o una estafa– que no tiene precedentes, pero se intenta atajar con soluciones obsoletas que se sabe que no funcionan. Se están aplicando en Europa las mismas políticas que llevan décadas utilizándose contra los países del Tercer Mundo y que solo han servido para empobrecer más a esos países y agravar el problema de su deuda hasta extremos insoportables. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo están en manos de corruptos y criminales saqueadores que ahora vienen a por nosotros. Los economistas lo saben. Los mercados lo saben. Los Gobiernos lo saben. Los medios lo saben. ¿Por qué gran parte de la ciudadanía no está al tanto? La respuesta es obvia: porque esta partida está amañada. Los mercados juegan con cartas marcadas.

Red Kite, junio 2011.

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Disculpe el señor                                                         Nuestras barbas en remojo

martes, 24 de mayo de 2011

Las urnas y el gato con cascabel (crónica de una suerte anunciada)



Pasó la vorágine electoral y comienza el carrusel de los analistas. Cientos y cientos de exegetas de las urnas dedican su verborrea a explicar el serio batacazo sufrido por el PSOE en estos comicios. Los informativos y las tertulias son un hervidero de especialistas. Politólogos, sociólogos, psicólogos, periodistas, políticos en activo y en pasivo y un sinfín de charlatanes de las profesiones más variopintas tratan de dar con la respuesta del millón, la causa de un resultado electoral que ha colocado al partido gobernante al borde del abismo.
Los motivos, en realidad, están bastante claros. De nada sirve darle vueltas: el PSOE se ha desplomado porque sus votantes siguen siendo de izquierdas, mientras que su política –al menos la económica, la que importa– se ha vuelto de derechas. Y para hacer políticas de derechas no hace falta reinventar el PSOE, porque ya hay otro partido mejor colocado. Considerar cualquier otra hipótesis no es más que pretender encontrarle tres pies al gato. Esta vez no han colado ni las explicaciones peregrinas ni la campaña del miedo ni el discurso de la pretendida responsabilidad. La primera responsabilidad, que ZP parece haber olvidado, es la de defender a los trabajadores que le votaron y que ahora han castigado a un partido que ha renegado de su historia, de sus siglas y de la clase obrera a la que dice representar. Y no: no nos representan.
Si el Gobierno pseudosocialista ha podido consumar su traición ha sido porque los mecanismos de control han fallado. El Parlamento ha fallado. El sistema ha fallado. Como han puesto de manifiesto las protestas del 15M, nuestra Democracia representativa ni es representativa ni, mucho menos, es Democracia. Solo así se explica que se haya conseguido poner en práctica un salvaje catecismo neocapitalista que está en las antípodas de los intereses de la inmensa mayoría de la población. Si nuestras Cortes reflejaran de verdad la opinión de la calle, no les habría resultado tan fácil hincar la rodilla ante la oligarquía financiera internacional que dirige los destinos del mundo para su mayor beneficio.
Dicen desde Ferraz que el fallo ha estado en «no saber explicar a la ciudadanía la conveniencia de las reformas». Deben de referirse a intentos como el de justificar la subida del IVA alegando que aumentaría la recaudación para «proteger a las clases menos favorecidas» y al Estado del bienestar (Salgado dixit); o al impresentable silogismo según el cual para crear empleo hay que abaratar el despido; o a la indecente consagración del déficit público como enemigo número uno de la recuperación. El aparato propagandístico soezialista sigue empeñado en tratarnos a los ciudadanos como si fuéramos menores de edad, incapaces de desentrañar la compleja madeja de la macroeconomía neoliberal, ante cuyas leyes inmutables debemos sacrificar nuestra soberanía para «calmar a los mercados».
Esa estrategia no es ninguna novedad. ¿Alguien se acuerda de la pregunta de la OTAN en 1986? Para quienes no tengan memoria o edad para recordarla, la rescataremos aquí, como paradigma de lo que para el PSOE viene significando desde hace décadas explicar algo a los ciudadanos:
«El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos:
1º. La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada.
2º. Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español.
3º. Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España.
¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?»
La pregunta era muy sencilla: ¿Quiere usted que España entre el la OTAN, sí o no? Sin embargo, los alquimistas del marketing político la convirtieron en un monumento a la retórica más mendaz. Y la adornaron, además, con una pueril exposición de motivos que no solo no aclaraba nada sino que añadía aún más confusión, inventando una inexistente distinción entre una «estructura militar integrada» y otra estructura distinta, presuntamente no militar, tan falsa que ni siquiera se nombraba. Tan solo unos meses después de la consulta, el entones titular de Exteriores del Gobierno socialista, Francisco Fernández Ordóñez (hermano de Miguel Ángel, actual gobernador del Banco de España), reconocía desde la portada de un diario nacional: «Estamos en la OTAN con todas sus consecuencias». Eran otros tiempos, y fueron otros personajes los que orquestaron aquella estafa, pero es evidente que para el PSOE los verbos explicar, confundir y engañar siguen teniendo un significado peligrosamente próximo.
Y como, para su desgracia, la ciudadanía ya es mayor de edad, está mejor formada que entonces y dispone ahora de canales alternativos de comunicación, el ardid no ha surtido en esta ocasión el efecto deseado. La clase trabajadora se ha visto engañada ya demasiadas veces para dejarse convencer de nuevo. Los ratones han conseguido ponerle el cascabel al gato. El castigo en las urnas estaba cantado. Y ahora, además, contado y escrutado al 100%. No es posible seguir escondiendo el plumero. Si el PSOE quiere reconquistar el voto de la izquierda, deberá reorientar su política. Zapatero, a tus izquierdas. No valen cuentos. O refundarse o desaparecer. O quizá ambas cosas.

Red Kite, mayo 2011.

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La Justicia de la Tarara                                                    Veneno made in USA

sábado, 14 de mayo de 2011

Cualquier cosa menos democracia (traduciendo a Chomsky)

 Para muchos falsos demócratas, reunir a estas cuatro perso-
 nalidades constituye ya un acto subversivo en sí mismo.
Esta semana se ha celebrado el XXV aniver-sario de la fundación de FAIR (Fairness and Accuracy in Reporting, o Imparcialidad y Exactitud en la Información), una organización de carácter crítico y progresista que se define a sí misma como «el observatorio de los medios de información nacionales» en Estados Unidos. Al evento asistieron diferentes personalidades del mundo de la comunicación, entre ellas Noam Chomsky, Amy Goodman, Glenn Greenwald o Michael Moore. Parte del discurso de Chomsky fue recogido por Goodman en su famoso informativo Democracy Now! Esta es una traducción de las palabras que el genial lingüista, filósofo y activista político, conocido mundialmente por su lúcida y severa crítica al papel de Estados Unidos en el mundo, pronunció en ese acto:






«Estados Unidos y sus aliados harán todo lo que puedan para evitar una auténtica democracia en el mundo árabe. La razón es muy simple. En toda la región, una aplastante mayoría de la población considera a Estados Unidos como la principal amenaza para sus intereses. De hecho, la oposición a la política norteamericana es tan grande que una mayoría considerable cree que la región estaría más segura si Irán tuviera armas nucleares. En Egipto, el país más importante, esa mayoría supone el 80 por ciento. Y las cifras son similares en cualquier otro país. Hay algunos en la región que consideran a Irán una amenaza; alrededor del 10 por ciento. Pues bien: lisa y llanamente, Estados Unidos y sus aliados no van a querer gobiernos que sean consecuentes con la voluntad del pueblo. Si eso ocurriera, Estados Unidos no solo no controlaría la región, sino que sería expulsado. De manera que ese resultado es obviamente intolerable.
En el caso de Wikileaks, hubo un interesante inciso sobre esto. Las revelaciones de Wikileaks que obtuvieron mayor publicidad –titulares, comentarios eufóricos y demás– fueron las que hablaban de que los árabes apoyaban la política de Estados Unidos sobre Irán. Pero las citas se referían a los dictadores árabes. En efecto, decían apoyar la política norteamericana con respecto a Irán. No hubo mención alguna sobre los árabes –sobre la población árabe– porque eso no importa. Si los dictadores nos apoyan y la población está bajo control, entonces ¿cuál es el problema? Así es el imperialismo. ¿Cuál es el problema, si funciona? Mientras puedan controlar a sus poblaciones, todo está bien. ¡Que hagan sus campañas de odio; nuestros amistosos dictadores los mantendrán bajo control! Esa es la reacción no solo de la diplomacia del Departamento de Estado o de los medios que informan sobre esto, sino también la del grueso de la comunidad intelectual. No hay comentarios sobre esto. De hecho, la cobertura dada a estas encuestas es exactamente cero en Estados Unidos; literalmente. Hay algunos comentarios en Inglaterra, pero muy pocos. Simplemente no importa lo que piense la población, siempre que esté bajo control.
Bien: a partir de estas observaciones, se puede concluir con bastante rapidez y facilidad cuáles van a ser las políticas. Casi se pueden anticipar con todo detalle: en el caso de un país rico en petróleo con un dictador obediente en quien se pueda confiar, se le dará carta blanca. Arabia Saudita es el más importante. Lo que hay allí es el más represivo, extremista y poderoso centro del fundamentalismo islámico, con apóstoles que difunden el islamismo ultrarradical de la yihad y todo eso. Pero son obedientes y se puede confiar en ellos, así que pueden hacer lo que quieran. Hubo una protesta planeada en Arabia Saudí. La presencia policial fue tan abrumadora e intimidatoria que literalmente nadie se atrevió siquiera a dejarse ver por las calles de Riad. Como debe ser. En Kuwait, lo mismo. Hubo una pequeña demostración, aplastada muy rápidamente, y sin comentarios.
 Campamento de protesta frente a la Perla, en
 Baréin, que fue arrasado por los represores,
 monumento incluido.
En este momento, el caso más interesante en muchos aspectos es el de Baréin. Baréin es bastante importante por dos razones. La primera, de la que sí se ha informado, es que es el puerto base donde recala la V Flota norteamericana, la mayor fuerza militar de la región. Otra razón más fundamental es que en Bahrein hay cerca de un 70% de chiitas, y está justo al otro lado del viaducto que lo une con el este de Arabia Saudita, que también tiene mayoría chiita y resulta ser donde está la mayor parte del petróleo saudí. Arabia Saudita, por supuesto, es la principal reserva energética; lo ha sido desde los años 40. Por un curioso accidente de la historia y la geografía, las mayores reservas energéticas del mundo están situadas en su mayor parte en regiones chiitas. Son una minoría en Oriente Medio, pero resulta que están donde está el petróleo, justo alrededor de la zona norte del Golfo. Es decir, el este de Arabia Saudita, el sur de Irak y el suroeste de Irán. Durante mucho tiempo ha existido en los estrategas la preocupación de que pudiera haber movimientos encaminados a algún tipo de alianza tácita en estas regiones chiitas que pudiera pretender la independencia y el control de la mayor parte del petróleo mundial. Eso sería, obviamente, intolerable.
Volviendo a Baréin, hubo un levantamiento, un campamento de protesta en la plaza central, como el de la plaza de la Liberación [en El Cairo]. Las fuerzas militares saudíes invadieron Baréin, dando a las fuerzas de seguridad locales la oportunidad de aplastarla violentamente. Destruyeron el campamento y hasta destruyeron la Perla, que es el símbolo de Baréin; invadieron el principal complejo hospitalario, expulsando a médicos y pacientes; se dedicaron a arrestar regularmente, cada día, a activistas pro derechos humanos y torturándolos. Y no se hizo nada; algún golpecito en la muñeca de vez en cuando, pero poco más. Eso se parece bastante al principio de Carothers. Si las acciones coinciden con nuestros objetivos estratégicos y económicos, todo está bien. Podemos tener una retórica elegante, pero lo que importan son los hechos.
Bueno, eso por lo que respecta a los dictadores obedientes con mucho petróleo. ¿Qué hay de Egipto, el país más importante, aunque no sea un centro principal en la producción de petróleo? Bien: en Egipto y Túnez, y en otros países de esa categoría, hay una cuidadosa estrategia, que se emplea rutinariamente, tan a menudo que no hace falta ser un genio para percibirla: cuando se tiene a un dictador amigo –aquellos de vosotros que os planteéis seguir la carrera diplomática, también deberéis aprenderla–, cuando hay un dictador amigo que está empezando a tener problemas, apoyadlo tanto tiempo como sea posible; apoyo total mientras sea posible. Cuando se haga imposible seguir apoyándolo –como pueda ser, digamos, el caso de que el Ejército se vuelva contra él, o los grandes empresarios se vuelvan contra él–, entonces enviadlo fuera, a algún otro sitio, haced unas sonoras declaraciones sobre vuestro amor por la democracia, y luego intentad restaurar el antiguo régimen, pero con nombres nuevos. Eso es lo que se ha hecho una vez y otra vez. No siempre funciona, pero siempre se intenta: Somoza en Nicaragua; el Sah en Irán; Marcos en Filipinas; Duvalier en Haití; Chun en Corea del Sur; Mobutu en el Congo; Ceaucescu es uno de los favoritos de Occidente, en Rumanía; Suharto en Indonesia… Es pura rutina. Y eso es exactamente lo que está pasando en Egipto y Túnez. Los apoyamos justo hasta el final. Con Mubarak, en Egipto, hasta el final. ¿Que deja de funcionar? Lo mandamos fuera, a Sharm el-Sheij, tiramos de retórica e intentamos restaurar el viejo régimen. De hecho, ese es el punto en que se encuentra el conflicto en este momento. Como ha dicho Amy [Goodman], no sabemos hacia dónde girará ahora, pero eso es lo que está ocurriendo.
Ánsar recibiendo un caballo como regalo de su buen amigo el
dictador libio. El animal es el primero por la derecha; el dicta-
dor no lo tenemos tan claro.
Bueno, y aún hay otra categoría. La del dictador con mucho petróleo y en quien no se puede confiar porque es un elemento peligroso. Ese es el caso de Libia. Y ahí hay una política diferente: tratar de conseguir un dictador más fiable. Y eso es exactamente lo que está pasando. Por supuesto, se describe como una intervención humanitaria. Ese es otro principio casi histórico y universal. Si revisamos la Historia, esencialmente cada vez que se da un recurso a la fuerza, venga de quien venga, está acompañado de la más noble retórica. Es todo absolutamente humanitario. Incluyendo la toma de Checoslovaquia por Hitler, o los fascistas japoneses que arrasaron el nordeste de China. De hecho, es lo que hizo Mussolini en Etiopía. Es casi imposible encontrar alguna excepción. Eso es lo que se hace, y los medios y los comentaristas lo presentan –pretendiendo no darse cuenta– sin ningún fundamento, sin aportar información, porque es un acto reflejo.
En este caso, además, podrían añadir algo más. Algo que se ha repetido una y otra vez; a saber: Estados Unidos y sus aliados intervienen en respuesta a una petición de la Liga Árabe. Y, por supuesto, tenemos que reconocer la importancia de eso. La petición de la Liga Árabe, por cierto, fue bastante tibia y se abandonó en seguida, ya que no les gustaba lo que estábamos haciendo. Pero dejemos eso a un lado. Justo al mismo tiempo, la Liga Árabe emitió otra petición. He aquí el titular de un periódico: “La Liga Árabe pide una zona de exclusión aérea en Gaza”. Estoy citando textualmente al Financial Times londinense. De eso no se informó en Estados Unidos. Bueno, para ser exactos, se informó en el Washington Times, pero prácticamente fue bloqueado en Estados Unidos. Como las encuestas. Las encuestas de la opinión pública árabe. No son el tipo adecuado de noticias. Como el hecho de que la Liga Árabe pida “una zona de exclusión aérea en Gaza” no está de acuerdo con la política norteamericana, no tenemos por qué respetarlo ni observarlo, así que se hizo desaparecer.
Ahora hay encuestas sobre las que sí se ha informado. Aquí hay una del New York Times de hace un par de días. Cito textualmente: “La encuesta muestra que una mayoría de los egipcios quiere anular el acuerdo de paz de 1979 con Israel, que ha sido piedra angular de la política exterior egipcia y de la estabilidad en la región”. Eso no es exacto en absoluto. En realidad, ha sido piedra angular de la inestabilidad en la región, y ese es exactamente el motivo por el cual la población egipcia quiere abandonarlo. Ese acuerdo básicamente eliminó a Egipto del conflicto árabe-israelí. Eso significa que se eliminó la única fuerza disuasoria para las acciones militares israelíes. Y dejó vía libre a Israel para extender sus operaciones –operaciones ilegales– en los territorios ocupados y para atacar a su vecino del norte, para atacar al Líbano. Poco después, Israel atacaría al Líbano, matando a 20.000 personas, destruyendo el sur del país y tratando de imponer un régimen cliente, aunque no lo consiguió. Y todo eso fue comprendido en Israel. La reacción inmediata al acuerdo de paz fue que había algunos aspectos de él que no gustaban. Iban a tener que abandonar los asentamientos en el Sinaí, en el Sinaí egipcio. Pero tenía también su lado bueno, porque la única fuerza disuasoria desaparecía; podían usar la fuerza y la violencia para alcanzar sus otros objetivos. Y eso es exactamente lo que ocurrió. Y es por eso exactamente por lo que la población egipcia se opone al acuerdo. Comprenden eso, como lo comprende cualquiera en la región.
Por otra parte, el Times no mentía cuando decía que el acuerdo llevó la estabilidad a la región. Y eso es debido al significado de la palabra “estabilidad” en su sentido técnico. Con la estabilidad pasa lo mismo que con la democracia. Estabilidad quiere decir conformidad con nuestros intereses. Por ejemplo, cuando Irán trata de extender su influencia en Afganistán e Irak, que son países vecinos, eso quiere decir “inestabilidad”. Es parte de la amenaza de Irán. Es desestabilizar la región. Por otra parte, cuando Estados Unidos invade esos países, los ocupa y los deja medio destruidos, es para conseguir la estabilidad. Y eso es muy frecuente. Hasta el punto de que es posible escribir –como hizo el antiguo editor de Foreign Affairs [revista norteamericana de relaciones internacionales]– que cuando Estados Unidos derrocó al Gobierno democrático de Chile e instauró una feroz dictadura, eso era porque Estados Unidos tenía que desestabilizar Chile para conseguir la estabilidad. Eso está en una sola frase, y a nadie le extrañó, porque es correcta, si se comprende el significado de la palabra “estabilidad”. Sí: cuando derrocas a un gobierno parlamentario, cuando instalas una dictadura, cuando invades un país y matas a 20.000 personas, cuando invades Irak matando a cientos de miles de personas…, eso todo es para lograr la estabilidad. Inestabilidad es cuando cualquier otro hace lo mismo»:

Como es habitual, la clarividencia y la lucidez de Chomsky resultan abrumadoras. Se puede decir más alto, pero no más claro.

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Traducción de Red Kite disponible bajo licencia Creative Commons Atribución Compartir Igual 3.0

sábado, 26 de febrero de 2011

Montar en globo (cartilla para leer a políticos mercenarios)


«No era esto, no era esto», protestaba Ortega y Gasset en su célebre discurso madrileño del 6 de diciembre de 1931. Se refería el ilustre filósofo a la decepción que le provocaba el rumbo tomado por la jovencísima II República Española en sus primeros meses de vida. Casi ocho décadas más tarde, la frase aún podría servir para recordarle a Rodríguez Zapatero que tampoco era esto lo que sus votantes y la izquierda en general esperaban de él. Claro que, en el caso de ZP, hablar de decepción es pecar de generosidad; para describir lo que ha hecho el presidente con obreros y socialistas, votantes o no del PSOE, el idioma dispone de vocablos mucho más rotundos. Traición, por ejemplo, sería más adecuado. Traicionada se ha visto aquella petición de «no nos falles» que la multitud entonó a coro la noche del 14 de marzo de 2004 frente a Ferraz mientras celebraba el vuelco electoral; una demanda a la que el flamante candidato vencedor asintió sonriente, asegurando haber «captado el mensaje». Tras casi siete años en el Gobierno, ha quedado patente que el mensaje, si se comprendió, se ha ignorado. Una vez más en la recurrente historia de nuestra democracia, el partido que presume en sus siglas de socialista ha vuelto a traicionar la confianza de sus electores, a desairar las aspiraciones de las izquierdas todas y a mancillar los centenarios principios sobre los que se fundó el PSOE.
Drásticos recortes al gasto y los servicios públicos, amputación traumática de los derechos de los trabajadores, aumento de impuestos indirectos –léase impuestos injustos–, bajadas impositivas a las empresas, consolidación de las obscenas exenciones fiscales para las grandes fortunas (SICAV’s), reducción sin precedentes del sueldo de los funcionarios, congelación de las pensiones, retraso de las jubilaciones, absurdo abaratamiento del despido, escandalosa sumisión a la espuria política de rescates bancarios con fondos públicos impuesta por Europa, continuación de la insensata y nefanda estrategia de liquidación de activos estatales, cánones de manga ancha, prohibiciones a discreción… En suma: plegamiento servil y sin fisuras al credo neoliberal y a las exigencias del lobby financiero global; la soberanía nacional supeditada a la soberanía de los mercados, auténticos y anónimos dueños de las decisiones de nuestros gobernantes; el sufragio universal sometido al arbitrario yugo de las agencias privadas de calificación. Ese es el triste saldo de poco más de seis años de gobierno pretendidamente socialista y obrero.
Cierto es que los primeros pasos habían sido esperanzadores. La retirada de Irak y, sobre todo, su justificación esgrimiendo la voluntad del pueblo soberano, fue vista por muchos, españoles y extranjeros, como un saludable ejercicio de democracia plena. Recientemente hemos conocido, gracias a Wikileaks, que aquel supuesto golpe de timón no era más que una fachada. En la intimidad de las embajadas, nuestra diplomacia seguía ofreciendo al amigo americano el ‘tratamiento Lewinsky’ que tan buenos resultados diera en los años del aznarato. Prueba de ello fueron los turbios manejos vía fiscal jefe que sirvieron para ayudar a EE UU a esconder de la Justicia sus vergüenzas en Irak y Guantánamo. Como cantaba Krahe: «gringo ser muy absorbente».
También en política social, las primeras iniciativas parlamentarias fueron un guiño a la España progresista. El tiempo, sin embargo,  se encargó de demostrar que se legislaba para la galería. Por decirlo con las palabras del genial Ortega en 1931, perfectamente vigentes hoy: «En vez de una política unitaria, nacional, dejó el Gobierno que cada ministro saliese cada mañana, la escopeta al brazo, resuelto a cazar al revuelo algún decreto, vistoso como un faisán, con el cual contentar la apetencia de su grupo, de su partido o de su masa cliente».
Luego llegó la crisis, que dio al traste con el superávit presupuestario del que tanto se había alardeado. Una crisis que el PSOE, por insólita ceguera o ladino descaro, había negado con unísona rotundidad durante la campaña para las generales de 2008. Pero, como es sabido, los políticos acostumbran a escarmentar sobre costillas ajenas, por lo que las torpes bravuconadas del Gobierno terminaron pagándolas los bolsillos de los ciudadanos de a pie. Bastó que las agencias de calificación –norteamericanas, por supuesto– dieran un par de vueltas de tuerca a nuestra deuda. De la noche a la mañana, y sin haber pedido más dinero, los intereses de las obligaciones ya contraídas se tradujeron en millonarios compromisos de pago no previstos. De repente soplaron vientos de reforma, ya no necesaria, sino perentoria. Era hora de recortar a conciencia el gasto público, sin importar que nuestra proporción deuda/PIB fuera de las más bajas de Europa; de luchar contra el paro a base de cercenar derechos y abaratar despidos; de convencer al trabajador de que arrimar el hombro significa trabajar más por menos y renunciar a reivindicaciones conseguidas tras décadas de lucha, sudor y sangre; de convertir en servicios de pago prestaciones que siempre habían sido gratuitas; de consagrar al déficit como enemigo número uno de la recuperación.
Es el precio de pertenecer a una unión monetaria cuyo Banco Central está autorizado para destinar fondos billonarios al rescate de bancos y entidades financieras (el 13% del PIB de Europa, según reconoció en abril de 2010 el comisario europeo para el Mercado Interior, Michel Barnier) pero tiene prohibido comprar deuda soberana de los estados. Este sinsentido ha sido denunciado por numerosas voces, entre ellas la de un ex presidente español que, por  desgracia, no encontró el momento idóneo para plantear esa misma reivindicación durante sus largos años en La Moncloa, antes de firmar el Acta Única o el Tratado de Maastricht.
Agobiado por la presión especuladora, el Gobierno ha hecho este último año ímprobos esfuerzos para tratar de justificar ante la ciudadanía el cambio de rumbo y la conveniencia de sus reformas. Unas medidas desmedidas que han convertido su programa económico en un salmo neocapitalista más propio de otras latitudes del espectro político. Las excusas han resultado pueriles o inadmisibles, y las más de las veces, ambas cosas a la vez. Sonrojo ajeno ha provocado escucharles defender como dogmas de fe unos postulados cuya incongruencia constituye una ofensa a la inteligencia de los electores y un atropello a la tradición socialista y obrera en España. He aquí algunos ejemplos:
-         El recorte del gasto público no sólo es compatible con la recuperación económica; es además indispensable y urgente.
-         Para luchar contra el paro es necesario abaratar el despido; o sea, en tiempos de sequía, hay que bajar el precio del agua.
-         La subida de impuestos indirectos protege el estado del bienestar y beneficia a las clases menos favorecidas.
-         Para «calmar a los mercados» no hay más remedio que arrebatar derechos a los trabajadores.
-         Es legal y moralmente aceptable que, en plena crisis, la banca y los grandes capitales sigan obteniendo beneficios multimillonarios mientras los demás pagamos los platos que ellos han roto.
-         La mejor manera de evitar la quiebra de las entidades que sean demasiado grandes para caer no es la intervención estatal para hacerse cargo de sus activos, sino la socialización de su pasivo para convertir una deuda privada en deuda pública a cargo del contribuyente. Dicho de otro modo: cuando los ricos ganan, solo ganan ellos; cuando dejan de ganar, perdemos todos.
Estas y otras sandeces similares se han venido repitiendo con goebbelsiana insistencia desde las tribunas oficiales. Para ello han contado con la bochornosa colaboración, o al menos con el silencio cómplice y cobarde, de los medios de comunicación convencionales. Y a fuerza de remachar, cada vez son más los que, por carecer de la formación o la información necesarias, acaban creyéndose argumentos tan peregrinos. Ya lo dijo Ignacio Ramonet: «en nuestras sociedades mediáticas, repetir equivale a demostrar». La moraleja subliminal, el mensaje que subyace en todas las voces y las plumas que hemos llamado convencionales cuando informan sobre economía es tan unánime como falaz: los recortes, aunque drásticos, son necesarios. ESO ES MENTIRA. Desde los medios alternativos, es preciso gritarlo bien alto. Son legión en todo el mundo las voces de reconocidos intelectuales, científicos, economistas y expertos de todo tipo, entre ellos algún premio Nobel, que lanzan un mensaje bien distinto: LOS CAMBIOS SON NECESARIOS, URGENTES Y HASTA CRÍTICOS, PERO HAN DE IR EN OTRA DIRECCIÓN. Lamentablemente, esas opiniones no tienen acceso a los telediarios ni a las tertulias de los canales habituales.
Mientras tanto, la derecha de verdad, la oportunista oposición conservadora que ha celebrado cada tropezón que nos hundía más y más en el abismo, la del no a todo, la misma que «acariciaba» cifras millonarias de parados, se ha visto por fin obligada a tomar partido, invitada a participar en la elaboración de sus propias recetas. Entre el país y sus propios intereses, su elección no ha sido difícil. De no ser por el sagaz pragmatismo, ya clásico, de las minorías periféricas –esta vez le tocaba al Norte–, el Parlamento ya estaría disuelto. En Génova ya se frotan las manos pensando de qué color pintarán la bodeguilla monclovita. Saben perfectamente que el suyo está lejos de ser el candidato que a España le gustaría, pero saben también que para ganar sólo necesitan que el otro pierda. Nuestra historia democrática ha demostrado que en el fútbol electoral los penaltis no los paran los aspirantes; los fallan los presidentes.
Y este presidente es un consumado experto en eso de fallar. A los trabajadores, desde luego, bien que nos ha fallado. Es más: sustituyendo alguna vocal, el verbo sigue teniendo sentido. Ya solo nos queda montar en globo. Pagando, claro.

Red Kite. Febrero 2011.
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NOTA: Al cerrar este post, nos ha llegado este enlace con una interesante invitación sobre la que conviene al menos meditar: Iniciativa Debate Público





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