jueves, 5 de mayo de 2011

Con tretas no hay paraíso (crónica futbolera)

Esta noche comienza la campaña electoral, con lo que el fútbol nos dará un respiro después de tres semanas de clásicos hasta en la sopa. Como espectadores, nos cabe la duda razonable de qué será peor. Aunque se intuye, nos reservamos el pronóstico. Pero antes de sumergirnos en la vorágine política, cerraremos de momento el capítulo futbolero con algunas reflexiones sobre los duelos Barça-Madrid.
Empezaremos por el final: ha ganado el fútbol. La alegría, por supuesto, va por barrios, pero los marcadores han estado bastante equilibrados (4-3 para el Barça como resultado global) y, en conjunto, puede decirse que se ha hecho justicia a los méritos de cada cual.
De las tres competiciones en liza, la primera (la Liga) ya estaba decidida antes de empezar. Su desventaja era grande, y el RM estuvo lejos de creer en sus posibilidades. El BCN, por su parte, tampoco quiso emplearse a fondo ante un rival siempre complicado y contra el que aún le quedaban otros tres enfrentamientos. El resultado fue un partido de tanteo cuyo empate final dejó contentos a ambos y bastante menos al aficionado. Lo justo hubiera sido no repartir ningún punto a los contendientes y devolver el dinero al público asistente. Soporífero.
 El capitán madridista levanta la copa de campeones. Para el
 Madrid, es el primer título tras tres años de sequía.
En el segundo duelo, el de Copa, el espectáculo fue muy otro. Un partido vibrante, con un BCN dominador, fiel a su estilo, y un RM con muchos menos toques pero ambicioso, muy luchador y tremenda-mente agresivo en el sentido más benévolo del término. Una gozada para ambas hinchadas y para cualquier aficionado. Al final, los de Pep no consiguieron –porque el rival no se lo permitió– rentabilizar su mayor posesión (69%-31%), y los blancos se llevaron el gato al agua con un gran gol ya en la prórroga. La velocidad, la garra y la efectividad se impusieron al tiralíneas preciosista. El RM levantó su primer título en tres años, y el BCN reconoció la derrota con deportividad.
En la ida de la eliminatoria europea saltaron las chispas. Chispas que provocaron un incendio del que aún no se conocen todas las consecuencias. Como ya dijimos en este mismo blog [perdón por citarnos], el planteamiento táctico del entrenador madridista fue, siendo generosos, excesivamente calculador. Otros prefieren llamarlo cobarde sin paliativos. Despreciando una leyenda construida durante décadas que ha hecho de la visita al Bernabéu una pesadilla para cualquier equipo europeo (el famoso miedo escénico, expresión que popularizó el poeta Valdano hace ya más de un cuarto de siglo), el portugués impuso su ley. El miedo había cambiado de banquillo. Ordenó a los suyos que no salieran de su campo si no era para aprovechar a la carrera un despiste del rival. Con el campo de juego drásticamente reducido, la convivencia se hizo muy difícil. Dos decenas de jugadores en poco más de 50 metros multiplicaban las posibilidades de contacto entre ellos, para desesperación del árbitro, que se vio desbordado. De nada sirvieron los aspavientos de Cristiano Ronaldo, desesperado y solo en la presión, ni los gritos de San Casillas, harto de ver a tanta gente a tan pocos metros de su marco. Nadie osaba desobedecer las consignas de El especial. Mientras, el BCN tocaba y tocaba, pero los huecos eran muy escasos y las interrupciones constantes.
Hasta que llegó la jugada de la discordia: entrada salvaje de Pepe sobre Alves que el brasileño exageró enormemente con su habitual talento para el drama. Cabe añadir en descargo del lateral barcelonista que, si la patada le hubiera alcanzado con la pierna en el suelo, le habría hecho muchísimo daño. La acción, en salto y con los tacos por delante, fue muy, muy fea. El árbitro no la vio, pero tras consultar con su asistente, lo tuvo claro y mandó al madridista al vestuario.
La jugada que sembró la discordia. ¿Tarjeta roja o amarilla?
Conviene recordar que no es la primera vez, ni será seguramente la última, que Pepe no termina un partido. Al portugués le cabe el dudoso honor de haber recibido la sanción más dura que se le haya impuesto nunca a un jugador del RM. En la memoria de los aficio-nados está todavía la escalofriante imagen de la agresión que motivó tal decisión hace dos años. Una patada terrorífica a un rival que convirtió el resumen de aquel choque en una cinta no apta para niños (los mayores pueden verlo todavía en youtube). El central madridista reconoció más tarde ante las cámaras su tremendo error, en un gesto que le honra pero no le exculpa. Le cayeron 10 partidos.
Volviendo a la eliminatoria de Champions en el Bernabéu, la roja a Pepe cambió el signo del partido, provocó también la expulsión de The Special One y generó una monumental polémica. Con un hombre menos, que además estaba siendo clave para la contención del ataque culé, el RM hizo aguas y renunció definitivamente al juego. El BCN encontró los huecos y prácticamente sentenció la eliminatoria con dos goles de Messi. El segundo, una obra de arte. Un gol fabuloso, de videojuego, que volvió a confirmar –aunque no era necesario– que el argentino es sin duda el rey del mambo futbolero.
Tras el partido, sapos y culebras. El entrenador blanco se explayó a gusto en la rueda de prensa. Cargó contra todo y contra todos, excepción hecha de sí mismo y de su equipo. Con su ya clásica habilidad para desviar la atención, se deshizo en una serie interminable de lamentos que le hacen merecedor de su nuevo apodo: Llourinho. Su plan, explicó, era defender el 0-0 para afrontar con opciones el partido de vuelta. Parece ser que tenía pensados unos cambios ofensivos para la segunda parte. Cambios que, según él, ya no fueron posibles (?!) tras la expulsión del central portugués.
La discusión sobre si roja o no roja saturó las tertulias. Algún programa televisivo llegó incluso a aportar un vídeo que para algunos plantea serias dudas sobre su posible manipulación. Sin ánimo de ahondar en polémicas estériles, queremos rescatar aquí un dato que puede ser significativo. Según una encuesta de marca.com, que acumula hasta ahora más de 167.000 opiniones, el 66,8% de los internautas considera que la entrada sí fue merecedora de tarjeta roja. Con su sesgo habitual, Marca prefirió no trasladar estos resultados a su edición impresa. En su lugar, y con gran alarde tipográfico, publicó el veredicto de su senado particular, que se decantó por la amarilla. En la misma página, al final y con un tamaño sensiblemente menos generoso, recogió también la sentencia del colectivo arbitral español: expulsión.
La pobre imagen ofrecida levantó ampollas en el vestuario merengue. El propio Ronaldo osó manifestar públicamente su disconformidad, lo que le valió salir de la convocatoria para el siguiente partido de Liga. Benzema se negó a secundar la postura oficial acerca de la persecución arbitral y tambien fue excluido de la alineación. No pocas plumas de la órbita madridista, así como una parte cada vez mayor de la afición, comenzaron a desmarcarse de los planteamientos del hasta ese momento intocable Llourinho. La UEFA, por su parte, decidió expedientarlo por sus declaraciones, tan desproporcionadas como improcedentes.
  El nuevo estadio de Wembley espera a los finalistas. En el
  viejo consiguió el Barcelona su primera Copa de Europa.
Con el ambiente así de caldeado se llegó al último y definitivo cruce de vuelta en el Camp Nou. Arropado por su afición, el BCN demostró por qué ha ganado ocho títulos en los últimos dos años. El RM, tras un arranque meritorio que no duró mucho, comenzó a verse abrumado por la superioridad blaugrana y acabó suspirando por que llegara el descanso. Sólo los extraordinarios reflejos del genio de Móstoles evitaron una nueva debacle blanca tras los primeros 45 minutos, en los que el estadio disfrutó probablemente de los mejores minutos de su equipo en toda la serie. En la segunda mitad, de nuevo la polémica. El árbitro se equivocó al pitar una falta que impidió que el 0-1 de Higuaín subiese al marcador. Por fortuna para la retransmisión, el sancionado técnico portugués no estaba en el banquillo, con lo que los espectadores nos ahorramos su pataleta. El Barça siguió a lo suyo y, en un soberbio uno-dos-tres entre Valdés, Iniesta y Pedro, se adelantó en el marcador. A partir de ahí, los de Pep optaron por dormir el partido, circunstancia que aprovecharon los blancos para colocar el empate, no sin antes dejar una nueva muesca en la madera (empieza a parecer cosa de meigas) del portero culé. Pero era ya tarde para el RM. Necesitaba dos goles más, y eso es algo difícil de conseguir cuando no se tira a puerta: el equipo merengue remató una sola vez entre los tres palos en todo el partido (dos, si contamos el remate invalidado de Higuaín). El BCN siguió ensayando rondos hasta que sonó el pitido final, al que los blancos lograron llegar en esta ocasión con sus once jugadores. La clemencia arbitral –o tal vez la venganza, para privar al luso de nuevas excusas– así lo quiso, a pesar de que Carvalho y Lass fueron firmes candidatos a una segunda amonestación. Acabó la eliminatoria y la serie con la victoria del fútbol. Ganó el Barça.
En el pospartido, volvió el entrenador portugués a sus lloros y sus teorías conspiratorias. Teorías que de nuevo desmiente una encuesta de marca.com (obviada también en la edición en papel): el 71,3% de los más de 85.000 participantes opina que El Especial no tiene razón en sus conspiranoias. Pero él sigue con su cansina estrategia, que le sirve para crear secta y distraer al madridismo de las verdaderas carencias de su equipo. Sorprende comprobar cómo una parte importante de los aficionados merengues sigue fiel a Mou y a sus rácanos planteamientos, convencidos de que el RM no tiene más arma que esa para enfrentarse al eterno rival. A los demás, sin embargo, esas llantinas nos parecen excusas de mal perdedor. La formidable cantidad de millones que el club lleva invertida en fichajes invita a pensar que esa plantilla tiene mucho más fútbol del que su entrenador quiere o sabe sacarle. Por suerte, esta vez el deporte ha puesto a cada uno en su sito. A Llourinho y sus tretas, en la picota. Al Barça, en el paraíso de la final de Wembley.

Red Kite, mayo 2011.
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martes, 3 de mayo de 2011

Leche limpiadora (crónica antiterrorista)

Los medios justifican el fin. No se trata de ningún axioma; es la crónica de una inmoralidad. Nos explicamos: los mass media, casi al unísono, justifican el fin de los días de Bin Laden. Sin juicio. Sin juez. Sin jurado. Sin fiscal ni abogado defensor. Sin informarle de los cargos contra él ni leerle sus derechos. Sin testigos. Sin pruebas –«ni una sola», según el FBI–. Sin forense independiente que identifique el cadáver y establezca la causa de la muerte. Sin entierro. Sin cementerio. Sin sentencia ni apelación posible. Solo la ejecución, premeditada, nocturna y alevosa. Era lo que había que hacer. Era demasiado peligroso. Era un Lord Sith, y los Jedi de la república federal constitucional norteamericana no han hecho sino defenderse/defen-dernos. Por nuestro bien. Para que reinen la paz y la justicia en el sistema. Loados sean.
Las Torres Gemelas tras el atentado que
se adjudicó a Osama Bin Laden.
No es la primera vez que el terrorismo de Estado se esgrime como si fuera un derecho fundamental. Estamos ya acostumbrados a que estos guardianes de la paz planetaria utilicen donde quieran y contra quien quieran las armas que su Carta de Derechos les autoriza a portar. La Segunda Enmienda está por encima de la Convención de Ginebra o de la Declaración Universal de Derechos Humanos y extiende su jurisdicción a cualquier continente u océano. Cuando un país acumula el poder político, económico y militar que ellos tienen, se comporta como un gorila de 500 kilos: hace lo que le viene en gana.
Lo novedoso en este caso es que ese terrorismo de Estado ha quedado bendecido y consagrado. Ni una declaración de condena o repulsa. Los gobiernos callan. Las democracias callan. Las iglesias callan. Los Estados Juntitos y sus aliados occidentales están legitimados, en su condición de exportadores de democracia –la suya, claro–, para decidir qué violencia hay que condenar y cuál no. Pero, aunque eso ya sería otorgar, no solo callan; se congratulan. Todas las declaraciones oficiales hasta ahora, y no son pocas, celebran y aplauden el asesinato. La propia ONU, que auspició la Carta de Derechos Humanos, «recibe con satisfacción la noticia». Su Consejo de Seguridad ha declarado por unanimidad que se trata de un «avance crucial» en la lucha contra el terrorismo. Contra el terrorismo de los malos, por supuesto. Noam Chomsky apuntó hace ya años con su perspicacia habitual que la definición de terrorismo debería revisarse para aclarar que la «violencia premeditada y con motivos políticos» no debe ser considerada terrorismo cuando la ejercen los Estados Juntitos o sus aliados. Esta matización tan lógica y necesaria sigue pendiente.
No puede olvidarse tampoco la flagrante hipocresía que supone el hecho de que Bin Laden, cuya familia ha mantenido oscuras relaciones financieras con los Bush, fuera en otro tiempo un mercenario a sueldo de EE UU. Fue la CIA la que entrenó, armó y financió a sus muyahidin para hostigar a los rusos en Afganistán, antes de la caída del muro. Lo que Bin Laden sabía sobre armas y técnicas de combate, lo aprendió de los norteamericanos. Esta parte de su biografía, sin embargo, es obviada sistemáticamente por la mayor parte de los medios de comunicación.
Barak Obama girándose a la derecha.
Pero hay algo aún más escandaloso. Algo no solo inmoral, sino antiético y anticristiano. Y ese algo es la reacción del presidente Obama. El primer político de raza negra en ocupar la Casa Blanca, el mismo que ha sido incapaz hasta ahora de instaurar la democracia y el Estado de Derecho en sus propias colonias –léase Guantánamo–, reconoce sin rubor que no puede «estar más orgulloso». Sin ocultar su regocijo, ha afirmado que ahora «el mundo es un sitio mejor». Agobiado por la crisis, las presiones de la oligarquía financiera norteamericana y las protestas de sus votantes insatisfechos, este presunto demócrata utiliza la muerte de Bin Laden como maquillaje electoral para lavar su deteriorada imagen pública. Que el hombre en quien depositaron sus esperanzas, con mayor o menor ingenuidad, los oprimidos de su país y de medio mundo hable y actúe de ese modo es una afrenta inaceptable. Que todo un nobel de la Paz organice, financie y ordene el asesinato de un pretendido culpable contra el que no existen pruebas y se felicite por ello es un ultraje a la democracia y a la propia Constitución norteamericana.
Bin Laden ha sido siempre muy útil a los Estados Juntitos. Primero como guerrillero para combatir a los rusos. Luego como chivo expiatorio de unos crímenes que no supieron o no quisieron investigar. Y ahora, con su muerte –la segunda–, como leche limpiadora contra la pérdida de popularidad de su presidente.

Red Kite, mayo 2011.
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lunes, 2 de mayo de 2011

Buckingham, we have a problem (fábula regia posnupcial)

La asistente personal de su Graciosa Majestad sube las escaleras con eficiente presteza, como deslizándose en silencio gracias a algún resorte mecánico invisible. Nada en su rostro deja traslucir su nerviosismo ni lo embarazoso del encargo que porta. Llama a la puerta con discreción y energía. Pocas personas tienen el privilegio de poder turbar con sus nudillos la paz de ese santuario. Ella es la única sin título nobiliario que puede hacerlo, circunstancia que la llena de orgullo. En esta ocasión, sin embargo, habría preferido no gozar de esa distinción. Desconoce el contenido del sobre que va a entregar, pero el simple hecho de que la envíen a ella significa que no se trata de un asunto agradable.
No tiene que esperar mucho. Siguiendo su costumbre, la reina se ha despertado temprano.
–Come in.
–Buenos días, Majestad.
Cierra la puerta tras ella con un movimiento ágil pero cauteloso, antes de atravesar el enorme aposento. La anciana está incorporada sobre el respaldo del lecho con un rictus de impaciencia en sus labios. No se molesta en contestar al saludo. No está de humor. Rara vez está de humor por las mañanas.
–¿Qué haces aquí a estas horas? Espero que se trate de algo importante.
–Os pido disculpas, Majestad, pero lord Gasmow ha insistido en que os entregara esto personalmente y de inmediato.
La reina la taladra con una mirada gélida mientras extiende su octogenaria mano para recoger el sobre. El sello de lord Gasmow, chambelán de palacio, se distingue claramente sobre el lacre carmesí. Lo rasga con parsimonia y extrae lo que parece una foto.
–¡Por San Jorge!
[En realidad, el exabrupto es bastante más soez, pero sacrificaremos la literalidad en atención a la sensibilidad del lector.] La asistente comprende por el rostro de horror de la soberana y por la retahíla de sapos y culebras que acaban de salir de sus arrugados labios que el asunto es, efectivamente, muy grave. Permanece callada esperando instrucciones, consciente de que el más leve e inocente comentario puede poner fin a su carrera. Finalmente, la áspera voz rompe el incómodo silencio:
–¿A qué estás esperando? Retírate. Y di a lord Gasmow que queremos verle inmediatamente.
–Como ordenéis, mi señora. ¿Queréis que os haga servir el té?
–Déjate de tés y prepáranos un G and T.
–Sí, Majestad –los ingredientes están prontos y en su sitio. La bebida está lista en menos de un minuto. Sin hielo ni limón, para no dar pistas. La asistente se permite una licencia cómplice, en un intento de suavizar la tensión del momento–. ¿Queréis que os deje la botella…? As usual: cerca, pero no a la vista…
El esbozo de sonrisa de la anciana mientras asiente muestra que la treta ha surtido efecto. La atmósfera se relaja.
–¿Ordenáis algo más, Majestad?
–Nada, salvo que no nos molesten. Si alguien distinto de lord Gasmow se atreve a cruzar esa puerta, lo enviaremos a las colonias.
–Pero, mi señora: si ya no hay colonias…
–¡Calla, insolente! –la frase es tajante, pero el tono dista de ser severo. El primer trago empieza a cumplir su función vasodilatadora– ¿Cómo te atreves? ¿Qué sabras tú de esas cosas? Ahora, retírate.
–Sí, Majestad.
Cuando llega lord Gasmow, el vaso está vacío, y la botella de Tanqueray convenientemente a salvo de otros ojos que no sean los regios. La reina va directa al grano:
–¿Qué significa esto, lord Gasmow? ¿Desde cuándo nos enviáis al servicio para un asunto como este?
Como corresponde a su cargo, el chambelán es un zorro viejo y astuto. Se fija en el brillo de los ojos de la anciana y en el vaso vacío. Sabe en seguida que la botella de agua no está puesta allí para engañarle, sino para guardar las apariencias. Y las apariencias son precisamente su especialidad. Se toma un par de segundos antes de responder.
–Es precisamente lo delicado del asunto, Majestad, lo que me invitó a pensar que tal vez preferiríais que fuera una mujer la que os informara. Disculpad, si me he excedido.
–No tiene importancia. Tal vez estéis en lo cierto –admite la soberana, relajando su tono. Ella también es vieja y sabe que él sabe–. Ahora decidnos: ¿quién hizo esa fotografía? ¿Y quién más la ha visto?
–A decir verdad, aún no está claro, Majestad, pero no podemos descartar que la imagen sea de la propia Bibisí. En cuanto al alcance de su distribución, me temo que ya esté en Internet.
–¡Cielo santo! ¿Cómo es posible?
–Majestad, la boda se retransmitió en directo a todo el mundo… Es imposible controlar todos los contenidos de la Red.
–Queremos a los responsables. Sus cabezas. Todo esto es de muy mal gusto, y estamos tremendamente disgustados. Y esa criaturita de por medio… ¡por Dios! ¿No se podría, al menos, quitar a la niña?
–Lo comprendo, señora. Os daremos nombres. En cuanto a la menor, tal vez podríamos necesitar que siga apareciendo en la foto…
–Pero, ¿qué estáis diciendo? ¿¡Utilizarla!? Explicaos, lord Gasmow. Esa niña es…
–Lo sé, Majestad. Es muy doloroso, pero puede ser la mejor opción. Si se llegara a un contencioso legal fuera de nuestra jurisdicción, la niña sería nuestra única baza para convencer a un juez de la necesidad de secuestrar la imagen para proteger a la menor. Sobre todo en el Continente, donde, como sabéis, la Justicia no suele aceptar interferencias.
–Nos sigue pareciendo escandaloso. Pero si es el único modo…
–Os aseguro, Majestad, que en el gabinete de crisis se ha discutido a fondo la cuestión, y la conclusión es unánime.
–Bien. ¿Qué más? ¿Qué otras medidas se han tomado?
–Hemos puesto a un ejército de informáticos a rastrear la red en busca de copias. Aún no tenemos cifras de resultados. Ya hemos hablado con Youtube y otros agregadores de audiovisuales para que extremen los controles. Con las redes sociales, la cosa es más compleja, al tratarse de servidores privados. Sir O’Nauser [el ministro de Exteriores] viaja en estos momentos hacia Washington para ver lo que se puede hacer. En cuanto a Europa y el resto de aliados, todas las oficinas están ya haciendo gestiones.
–Perfecto. Aun así, queremos hablar personalmente con todas las casas reales que asistieron a la boda.
–¿Con todas, Majestad?
–Eso hemos dicho, lord Gasmow. Queremos transmitirles en persona nuestra profunda preocupación. Uno a uno. El buen nombre de esta familia ya ha tenido que sufrir demasiados escándalos en el pasado, ¿no os parece?
–Desde luego, Majestad. En ese caso, me pondré a ello de inmediato. Concededme un par de horas y os tendré lista una agenda. Ahora, si me lo permitís, os dejaré descansar. Todo este incidente debe de haberos fatigado.
–Sois muy atento, chambelán, y estamos muy complacidos de contar en momentos como estos con alguien como vos. Ahora, retiraos y volved antes del almuerzo con más información.
–Y vos sois muy amable, Majestad. Así lo haré. Que descanséis.
El eficiente Lord Gasmow se retira, y la anciana reina se sirve una generosa ración de Tanqueray. Una vez más, mira consternada la foto responsable de tanto alboroto, antes de romperla cuidadosamente en pedacitos.
[Por fortuna, no todas las copias han sido interceptadas. Hemos rescatado una, para que juzgue el lector, protegiendo, eso sí, la identidad de la menor.]

  
 Red Kite. Mayo 2011.

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